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Magic Stories - Las Crónicas de Bolas: Sangre y Fuego

¡Hola a todos de nuevo! Al habla Nasanmagic para traeros el quinto episodio de las Crónicas de Nicol Bolas, titulado Sangre y Fuego. En la anterior historia (la tenéis aquí) Tae Jin terminó de contar la historia de Ugin que había memorizado, y la expedición continua su camino al Nexo, la tumba de Ugin, en busca de respuestas para terminar el relato del monje del antiguo clan Jeskai. 

Nuestro grupo se encuentra con una tormenta de dragones de la que están naciendo multitud de criaturas aladas, entre truenos y relámpagos. Pero de repente se oye el grito de Darka, el ainok que les acompaña en la expedición:

 

"¡Ella está aquí!"

¿Pero, quién es "Ella"?, se pregunta Naiva. En ese momento escucha un rugido ensordecedor y el cielo se oscurece a su paso, y es entonces cuando empieza a hacerse una idea. Finalmente la tormenta se desplaza, y los dragones siguen su camino para aprender a cazar.

 

La expedición continúa su camino, por un lado Yasova con Tae Jin y Baishya a su lado, y por otro Naiva y Fec, el orco que les acompaña.

Naiva está enfadada porque su abuela siempre prefiere la compañía de su hermana gemela a la suya, pese a que ella es la mejor guerrera de las dos y podría protegerla. Por el camino entabla conversación con el orco, que le cuenta que Yasova le acogió pese a sus heridas y su cojera cuando en su clan, los Kholagan, le habrían desechado inmediatamente.

 

"Muchas son las cosas dignas de salvarse, y Yasova Dragonclaw lo sabe bien."

 

De repente el orco se pone alerta, sabe que acecha el peligro. Una gran sombra se cierne sobre ellos, y sólo hay una criatura tan grande como para poder proyectarla. Con un golpe sordo la dragona anciana aterriza, haciendo temblar el suelo. Atarka ha encontrado al resto del clan, y nada se mueve más rápido que un dragonlord iracundo.

Con un zarpazo atrapa a Darka, y lo devora de un bocado ante la entereza del ainok, demasiado orgulloso para mostrar temor o suplicar por su vida.

Yasova se acerca y demanda la atención de la gran dragona, pues tiene algo para ella más valioso que un ainok. Atarka le pregunta cómo ha muerto su vástago, pues era de sus favoritos. Yasova aprovecha la coyuntura e improvisa una historia: el dragón Ojutai había entrado en su territorio y atacado a su dragón, y no habían tenido más remedio que matarlo. ¿Qué mejor ofrenda para la gran dragona que un dragón Ojutai para saciarla?

Antes de empezar su festín se fija en el forastero, Tae Jin, y pregunta cómo ha llegado hasta aquí un sirviente de Ojutai. Antes de que Tae Jin use sus artes marciales para cometer una temeridad, Yasova le cuenta que es un contador de historias, y que ha venido a ver si era cierta la grandeza de Atarka de la que todos hablan. 

 

"Las palabras me aburren, no son sabrosas como la carne" gruñe Atarka. 

"Como desees, Atarka, pero ten en cuenta lo siguiente" replica Yasova. "El mismo Ojutai ha mandado a uno de sus dragones en busca de este hombre, puesto que no quiere que abandone su territorio para servir a otro señor más poderoso. Dejarle vivir es una victoria sobre Ojutai, que solo quiere verle muerto."

 

Atarka queda complacida, y le pide que le cuente una historia que sea de su agrado para dejarle vivir. Tae Jin comienza a hablar:

 

'Hace mucho, mucho tiempo, había un rey con una gran benevolencia, mayor que la de cualquier otro rey en el mundo. Este rey era un dragón con una fuerza e inteligencia excepcionales. Una vez llamó a los más pequeños de entre sus hermanos, y Nicol, junto a su hermano Ugin, atravesó el continente en el que habían nacido para descubrir la verdad sobre el mundo. Pero ¡pobre de él!, la verdad fue muy dura. El mundo era un lugar hostil. La violencia y la muerte se daban incluso en los reinos humanoides más prolijos, incluso en los lugares donde había espacio para todos, donde la vegetación crecía de manera exuberante y las bestias deambulaban en plenitud.

Afligido y consternado ante esta revelación, el joven dragón volvió acompañado de su hermano Ugin a la montaña que les había visto nacer. No estaba seguro de lo que deseaba, pero tenía la esperanza de encontrar alguna explicación. Una perspectiva incluso más aterradora le dio la bienvenida cuando por fin llegó al antiguo pico.

Los humanos que vivían bajo el radiante amparo de la montaña habían erigido a un asesino como su líder, y sus herederos lo eran también.

Asesinos de dragones.'

Atarka levantó la cabeza, tendones y carne colgaban de su mandíbula, y fijó su ardiente y dorada mirada sobre Tae Jin. El aire se podía cortar con un cuchillo. Había conseguido atraer su atención, y eso no era algo bueno.

Student of Ojutai ©2018 Wizards of the Coast LLC in the USA & other countries. Illustration by Jason A. Engle

Se frotó los ojos, agitó la cabeza como en un intento de ordenar sus pensamientos, y balbuceó, "Esa no es la historia que quería contar. Déjame intentarlo de nuevo."

'Con su infame brujería, el líder y sus herederos dieron caza a numerosos dragones, sin importarles la noble superioridad de estos magníficos seres. Estos débiles humanos se alimentaban de la sangre y los huesos de los más grandes, esperando así apropiarse de su fuerza. Con lanza y brujería, el líder sometió a los súbditos bajo su opresión. Los que le complacían y halagaban prosperaban, y aquellos que eran descubiertos intentando traicionarle era sentenciados a muerte.  Los que no podían luchar labraban sin descanso los campos para alimentarle. A aquellos que eran sanos y fuertes se les daban lanzas y látigos con los que aplacar cualquier indicio de rebelión y someter al extranjero. Conforme los años pasaban, el líder dirigía sobre más gente y sus dominios se habían extendido a otras tierras. Los codiciosos prosperaban, mientras que los débiles gemían bajo el peso de su interminable volumen de trabajo.

Pero los dragones no iban a aguantar tales humillaciones durante mucho tiempo. Una afrenta así debe ser respondida. Cuando el joven dragón llegó a la montaña donde había nacido y vio la injusticia y el abuso que se estaba cometiendo sobre los vulnerables, supo que debía actuar. Es cierto que su hermano no era tan audaz; él caviló; él dudó. Pero el no hacer nada para vengar la muerte de alguien de tu misma sangre es como si lo hubieras matado tú mismo. 

Superados en número, e incapaz de acercarse tan siquiera al nivel de la cruel brujería de los humanos, el joven dragón optó entonces por ser más listo que los humanos. Con una astucia inigualable, enfrentó a los herederos entre sí, hasta que uno a uno, todos ellos, hubieran perdido la guerra por la sucesión. En el transcurso de la guerra, su hermano fue arrastrado al vacío al ser alcanzado por una rastro de brujería humana, un zarpazo de venganza. Pero el joven dragón triunfó. Los dragones siempre triunfan, está en su naturaleza el erigirse por encima de todo.

En el lugar del despiadado líder anterior, el joven dragón fue aclamado como salvador del reino y le fue ofrecido el trono. Aquellos que una vez adoraron al que bebía sangre de dragón ahora se arrodillaban ante uno de ellos. Gobernó de acuerdo a los preceptos que había discutido en detalle con su hermano, puesto que siempre ansiaron conocer la magnitud del mundo y su naturaleza. Sabía que la mejor manera de honrar la memoria de su amado hermano era actuando como él lo hubiera hecho, como si ese fuera su deseo de hacerlo.

Y reinó de manera justa y equitativa, en paz y armonía, durante muchas generaciones.'

Atarka escupió una garra, después de haberse tragado gran parte de una pata.

"¡Eso no es una historia!" rugió. "¿Dónde está la caza? ¿Dónde está la sangre y los huesos hechos añicos?"

Tae Jin juntó sus manos e inclinó su cabeza hacia delante en señal de respeto. "Gran Atarka, permite que continúe, y estarás satisfecha."

"O serás devorado." Dando un latigazo con su enorme cola, agachó la cabeza y continuó alimentándose.

"Durante los últimos días del mandato de Shu Yun," dijo, luego titubeó. Su boca formaba palabras, pero no emitía ningún sonido. De nuevo, se frotó los ojos con los dedos de la mano, como si la visión le fallara. Y después de un pequeño forcejeo, sus labios se abrieron como por voluntad propia, y siguió hablando.

'Fue entonces cuando el joven dragón pasó a ser conocido como el Segundo Sol. Reinó de manera justa y equitativa, en paz y armonía. La historia de la caída reinado del infame asesino de dragones fue transmitida de padres a hijos, de generación en generación, y celebrada en un festival anual que el benevolente rey dragón presidía.

Pero la envidia engendra dragones, y así los dragones se multiplicaron en las tierras de más allá del armonioso reino. El rey no era más que un dragón, y su reino modesto. Y mantuvo sus fronteras fuertes y protegidas para sus súbditos todo el tiempo que pudo.

Un buen día, una avalancha de dragones arrasó los pacíficos asentamientos de la ribera del río que separaba el armonioso reino y las llanuras y los páramos donde Palladia-Mors había cazado en otro tiempo.

De inmediato, se apresuró a contener esta amenaza, volando sobre una línea de pueblos quemados y refugiados desesperados escapando de la masacre. Se encontró con siete enormes y estruendosos dragones masticando ruidosamente sobre un corral lleno de bestias corriendo despavoridas en estampida. Los saqueadores apenas se dignaron a mirarle mientras volaban en círculos sobre él antes de volver a su festín. ¡Tal insolencia sería recompensada como se merecía! 

Lanzó una llama en forma de anillo alrededor de ellos, no para atraparlos, ya que habrían escapado fácilmente, sino para llamar su atención.

"¿Por qué molestáis a mis inocentes súbditos y os coméis su valioso ganado?" les exigió.

"¡Somos los descendientes de Vaevictus Asmadi, y podemos cazar donde nos plazca!" rugieron ellos mientras restallaban sus colas y lucían sus garras.

"¿Qué ha pasado con Palladia-Mors?" preguntó genuinamente sorprendido de que tan pocos dragones pudieran haber abatido a su salvaje hermana.

"Nos deshicimos de ella para ir a cazar a otro sitio. Ahora nos desharemos de ti y tomaremos tus ricas tierras y mansa carne para nosotros."

Al igual que sus progenitores, eran agresivos y de cortas miras. Incluso un dragón tan espléndido como él no podría derrotarlos solo. Pero él no estaba solo. Tenía súbditos que cantaban en sus alabanzas que no había mayor honor que la oportunidad de demostrarle que eran dignos de su regia generosidad y noble perspicacia. Tenía ejércitos de ansiosos guerreros y una academia repleta de inteligentes hechiceros a los que él mismo había enseñado, deseosos todos de poder desplegar sus habilidades contra los enemigos más poderosos. Poseían las armas de los asesinos de dragones muertos tiempo atrás. 

Draconic Disciple ©2018 Wizards of the Coast LLC in the USA & other countries. Illustration by Yongjae Choi

Un pensamiento irritante se le vino a la mente con el timbre de voz de Ugin regañándole: "Si está mal matar dragones cuando los humanoides lo hacen, entonces también está mal para nosotros el matar a nuestros iguales. ¿O Merrevia Sal murió en vano, Nicol? ¿O es que nunca se trató de ella sino de la humillación que sentiste al no poder salvarla?"

La muerte de su hermana y la venganza que se había tomado habían sido diferentes, Ugin no tenía el ingenio o el discernimiento para reconocer que esa era la verdad. Y de todos modos, Ugin estaba equivocado. Vaevictus era un abusón, y sus descendientes eran matones que romperían la armonía del reino sólo por el placer de hacerlo. Incluso Ugin habría tenido que reconocer que eran unos merodeadores inútiles. Además, Ugin no estaba allí. Era hora de usar sus armas.  

Al repique de las campanas y el sonar de los cuernos, el ejército se reunió, arrastrando pesadas ballestas y sus envenenadas flechas. Hechiceros envueltos en oro y túnicas negras caminaban en hilera disciplinadamente, cantando mientras marchaban. En la orilla del río se encontraron con los siete jóvenes dragones, y los orgullosos ejércitos vertieron su veneno y hechizos sobre el enemigo en un saludo implacable y despiadado.

Fue una gran victoria. Una matanza. Una masacre. 

¡Qué embriagador fue el ver volar las flechas, atravesando las barrigas escamosas suavizadas por la astucia de la hechizos! Las vísceras caían incinerando a cualquiera que pasara por debajo en la batalla. Los gritos de los vencedores ocultaban los agonizantes sollozos de los dragones moribundos. 

¡Qué satisfactorio fue ver caer a tierra con las alas paralizadas a aquellos fanfarrones boquiabiertos, respirando con dificultad mientras sus corazones y pulmones fallaban y sus ojos se apagaban! El triunfo fue dulce, y aún más dulce porque se habían atrevido a atacar dragones, las criaturas más peligrosas y poderosas jamás conocidas.

Pero uno de los dragones sobrevivió, volando a una velocidad que el joven rey dragón no podía igualar ya que todavía no estaba completamente desarrollado. 

"¿Le perseguimos?" Preguntaron sus generales, con ganas de culminar la hazaña.

"¡Sí!" En este momento recordó con absoluta claridad cómo Vaevictus y sus hermanos le habían atormentado y perseguido por la simple razón de considerarle despreciable. Por fin podría vengarse de aquel insulto.

Envalentonado, el gran ejército retumbó al iniciar su movimiento, marchando, cabalgando. Siguieron el rastro del dragón a través de las grandes llanuras donde Palladia-Mors había cazado en otro tiempo, tomando suministros de las ciudades y pueblos allí por donde pasaban. La tierra se iba secando, y pronto alcanzaron lo que parecía desde la distancia una especie de muro, que era una dura barrera de colinas escarpadas, barrancos retorcidos y espectaculares pináculos. Más allá, hacia el norte, se alzaba la gran cadena montañosa donde Vaevictus y sus hermanos habitaban.

Algunas de las tropas se quejaban, porque los suministros empezaban a faltar, y el agua era aún más escasa. Tras acabar el joven rey de comerse a los disidentes, algo que no disfrutaba ya que los cobardes siempre tienen sabor amargo, el resto marchó hacia el norte sobre la llanura, dejando aquellas tierras baldías a sus espaldas.

El sol estaba saliendo cuando divisó a cuatro dragones que volaban hacia ellos. Visto desde la distancia, no parecían particularmente corpulentos, pero a medida que se acercaban, su enorme tamaño y su feroz comportamiento se hicieron evidentes. Los tres hermanos, Lividus, Ravus y Rubra, lo insultaban al aproximarse hacia él, llamándolo "rencoroso" y "último en nacer". Que sus insultos no fueran ni tan siquiera ingeniosos simplemente empeoraba la situación.

El más grande en tamaño era el propio Vaevictus, volando al frente debido a su superior fuerza. En sus garras delanteras sostenía el cuerpo inerte del dragón que había huido de la batalla perdida. 

Con un rugido que sacudió la tierra, Vaevictus voló directamente sobre el ejército y liberó el cadáver. El cuerpo cayó en picado mientras los soldados empujaban y gritaban, tratando de apartarse de la trayectoria. El cadáver cayó, aplastando instantáneamente a toda una compañía de lanceros. La sangre empapó el polvoriento suelo, y se hizo fuego de las últimas chispas del aliento del dragón al encender la hierba seca. Los heridos gritaban de dolor, agarrándose a los huesos rotos que asomaban a través de la piel, mientras los curanderos intentaban sacar a sus camaradas del peso muerto del dragón.

Con una carcajada, Vaevictus gritó: "Corre, pequeño Nicol. Corre, y te dejaré libre".

Anteriormente, la ira podría haberse llevado lo mejor del joven dragón rey, haciéndole retorcerse y echar chispas ante semejante burla. Calmó su ira decapitando a varios de los generales. Pero las deficiencias de sus subordinados no eran lo importante en ese momento. Los días en los que Vaevictus le intimidaba habían terminado. Él seguía atacando al ejército que envuelto en pánico formaba nuevas filas, ascendiendo a oficiales a aquellos que no habían perdido la cabeza.

El temerario desafío de Vaevictus le ofreció una ventaja inesperada. Vaevictus podría ser grande y malvado, pero no era tan inteligente como creía.

El joven rey dragón ordenó que las ballestas se elevasen, usando el largo cuello roto del cadáver del dragón y su retorcida cola como si fuera una fortificación. Cuando Vaevictus dio la vuelta para reunirse con sus hermanos, la artillería comenzó a lanzar sus flechas con puntas de envenenadas. Pero ellos eran hábiles; tenían que serlo, ya que aquellos que no lo eran habían sido condenados a la esclavitud. 

Y así fue que las flechas acertaban una y otra vez. Rubra fue alcanzado en el ojo. Aunque el disparo no lo mató de inmediato, el veneno entumecedor se filtró hacia su cerebro. Se dirigió al muro, tal vez con la esperanza de refugiarse en uno de los pináculos, pero perdió el conocimiento y cayó desplomado. La retaguardia corría hacia él con espadas y lanzas para causar estragos en su maltrecho cuerpo, gritando y regocijándose de alegría. El joven rey dragón estaba demasiado ocupado esquivando el hálito de fuego de sus primos para reprender a sus soldados cuando se bañaban triunfalmente en la sangre caliente de la caída bestia.

 Heroic Reinforcements ©2018 Wizards of the Coast LLC in the USA & other countries. Illustration by Scott Murphy

Al resto del ejército no le estaba yendo tan bien. El mismísimo Vaevictus recibió cinco impactos directos, pero el hierro no pudo atravesar su espesa piel. Lanzaba fuego a través de las líneas de artillería, poniendo a las balistas en llamas. Lividus y Ravus se abalanzaban sobre los soldados y los lanzaban hacia la muerte. Las monturas entraban en pánico y hacían caer a los jinetes mientras huían. Los vagones del convoy de equipaje comenzaron a arder junto con los desventurados guías y sus mozos de cuadra. El humo se desplazaba hacia arriba, esparciendo la ceniza por el suelo. 

"¡Os arrepentiréis de desafiarme!" rugió Vaevictus mientras daba vueltas con un hermano en cada flanco. "Te clavaremos en el suelo y te arrancaremos la carne de los huesos aún vivo".

Con gran parte del ejército muerto o sin estar en condiciones para continuar la batalla, la fuerza bruta no le serviría; solo su ingenio superior podría sacarle de esta. 

El joven rey había ganado el control de sus hechiceros hacía mucho tiempo a través de su astucia y poder mental. A su orden, tejieron un gran hechizo de ocultamiento, cubriendo el campo de batalla con una niebla. Bajo ella, se escabulló con los restos de su ejército hacia las escarpadas colinas. Dos ballestas habían sobrevivido, arrastradas por soldados que se habían fortalecido frente a la desesperación. Habían sobrevivido, o eso decía su capitán que se atribuía el mérito, gracias a la sagrada sangre de dragón que les había protegido del fuego. Un punto a considerar, una vez que pudiera recuperar el aliento. 

Condujo a su exhausto ejército, agotado y tambaleante como un leviatán herido, a un profundo barranco rodeado por un acantilado a cada lado.

"Gran Rey, ¿no es esto una trampa mortal?" sugirió uno de sus generales. 

"Solo si no sobrevives a la batalla". La pregunta le molestó, pero no había tiempo para disciplinar al general. A veces, tienes que demorar el castigo de alguien que te ofende para poder moverte rápido y salir del paso.

Tras dejar atrás una curva pronunciada en el cañón, les ordenó detenerse. Tal vez un tercio de su ejército se había quedado con él, junto a siete flechas para las dos ballestas. Aunque habían perforado las escamas de los dragones menores, estos dragones mayores eran más duros. Pero los ojos eran zonas vulnerables. Y también tenía a sus hechiceros, de los cuales quedaba un escuadrón completo.

En momentos extraños, cuando visitaba la montaña donde había nacido o cuando volaba sobre el agua, pensaba en Ugin. En lo más profundo de su ser, se sentía obligado a creer que un viento invisible despertado por la brujería le había arrebatado a Ugin, porque si no hubiera sido brujería, entonces Ugin no era más que un cobarde que había abandonado a su hermano justo cuando Nicol más le necesitaba. No soportaba creer que Ugin fuera tan débil y no tuviera honor alguno. Durante generaciones había trabajado junto a su academia de hechiceros para recuperar o idear una magia que pudiera reproducir la desaparición de Ugin. Nadie lo había logrado aún, pero los hechiceros eran capaces de desintegrar grandes rocas. 

Tenían una oportunidad, si todos trabajaban en sincronía. 

Un bramido resonó por las paredes del cañón. Los fuertes golpes de una gran masa que se acercaba sacudieron la tierra.

"Esperad", ordenó a las inquietas y asustadas tropas. "Esperad". 

Lividus apareció, bloqueando el cañón. 

Las ballestas dispararon con un ruido sordo, dirigiéndose directamente al enorme dragón. Siguió con la mirada el primer proyectil que pasaba inofensivamente por encima de su hombro mientras que el segundo se enganchaba entre las escamas de su pata delantera y quedo colgado allí hasta que se lo sacudió haciéndolo caer. Y se rió, mirando hacia arriba.

Una sombra oscureció el cañón cuando Ravus hizo acto de presencia desde el cielo.

"¡Ahora!" gritó el joven rey.

Trabajando al unísono, los hechiceros arrojaron el hechizo de desintegración al dragón sobre sus cabezas. Le golpeó como una ola invisible fluyendo a través de él. Ravus se astilló cual roca calentada hasta que explota. Sus escamas salieron disparadas como discos mortales sobre sus tropas. La mitad de los hechiceros fueron masacrados directamente, perforados por fragmentos de huesos o aplastados por trozos de carne que caían como lluvia.

 Double Cast ©2018 Wizards of the Coast LLC in the USA & other countries. Illustration by Even Admunsen

"¡Ravus!" Con un grito de lamento enfurecido, Lividus prendió fuego a las ballestas justo cuando volaba un segundo set de proyectiles. La fuerza de la explosión hizo que cambiaran su dirección enviándolos contra las paredes del cañón, dejando al joven rey vulnerable con las ballestas carbonizadas, y con los últimos hechiceros y la retaguardia empapada de sangre como sus únicos compañeros. 

«"Esto no es lo que aprendiste de Arcades",» le había dicho Ugin en el último momento de su existencia, estando furioso por el intento de Nicol de manipular sus pensamientos. Su poder mental no funcionaba con los dragones. Nicol creía que sí hasta ese momento. Pero tal vez no había funcionado en Ugin.

Mirando a Lividus, sabía que le quedaba solo una flecha por disparar, una temeraria y peligrosa decisión que tomar.

"Ahora morirás, gusano insignificante" dijo Lividus.

"¡Primo!" dijo Nicol capturando la brillante mirada del dragón en la suya propia. Había sembrado una sombra de duda en el corazón del dragón, buscando como excavar en sus sentimientos. "¿Por qué será que Vaevictus te ha mandado al frente del ataque? Conocía los riesgos, y os expuso a Ravus y a ti en vez de a sí mismo. ¿Acaso no hace esto siempre?"

La duda asaltó al gran dragón, un atisbo de resentimiento enterrado se apoderó de él.

"Sólo vuela delante cuando sabe que no pueden tocarle. ¿No estás cansado de sus órdenes, de sus desplantes y su tiranía? Por su culpa Ravus y Rubra están muertos. ¿Acaso no conspirasteis en su día vosotros tres para suplantarlo, para finalmente ser sometidos? ¿Qué te hará él ahora que eres el único del que puede abusar? Siempre te ha tenido miedo, ya que eres tan grande como él. Esa es la razón de que te mantenga a raya. Puedo ayudarte, pero tenemos que trabajar juntos."

Había apretado la punta envenenada de su afilada mente en lo más profundo del rencor que yacía dentro de Lividus. Había sido muy fácil, casi tanto como siempre lo había sido con los humanos. Su primo era fuerte físicamente, pero débil de mente.

"¡Aquí viene! Si le atacas, mis hechiceros podrán acabar con él. Nos desharemos de él para siempre."

Y así llegó Vaevictus. Lividus le estaba esperando con un rugido. Por supuesto Vaevictus no esperaba un ataque, por lo que el primer zarpazo le pilló desprevenido, haciéndole sangrar en su hombro derecho. Explotando de furia, golpeó a su hermano con una fuerza que habría dejado al joven rey con la cola sobre los cuernos. Pero Lividus era tan grande como Vaevictus. Aunque el golpe le había dolido, se recuperó rápidamente, y con un chorro de fuego y el martillo de su cola, contraatacó de nuevo.

"Ahora" dijo el joven rey a los hechiceros que habían sobrevivido.

De nuevo, usaron el hechizo desintegrador contra los grandes dragones, pero ya fuera por ser sólo seis o por tener que dividir la fuerza del hechizo entre ambos dragones, sólo consiguieron aturdirlos momentáneamente.

Gritando de dolor y rabia, cada uno de ellos pensaba que el otro había golpeado primero.

"¡Traidor! ¡Infiel!" Gritaba Vaevictus, lanzándose hacia Lividus como si, tiempo atrás en la ciudad de Arcades, se tratara de aquel joven engañado para atacar y matar a su propio hermano. 

Su batalla se encarnizó con un clamor y un temblor que retumbaba por las colinas y rebotaba con el eco entre los profundos cañones.

La venganza había sido dulce, pero el ganador de aquella batalla seguiría siendo más grande que Nicol.

El joven rey se retiró. La retaguardia cubierta de sangre, por supuesto, debía ser eliminada antes de que hicieran correr la información sobre las propiedades protectoras sobre la débil carne humana que tenía la sangre de un dragón anciano. Habían sobrevivido suficientes hechiceros como para poder crear una nube de ocultación que les permitiera llegar hasta las llanuras, pero Nicol les mató una vez allí, de manera que no quedara nadie que pudiera hablar de la existencia de dragones más grandes y fuertes en el mundo a los que sus súbditos pudieran querer adorar por encima de él.

Mientras se alejaba volando, contemplaba lo que había aprendido. La avaricia y la envidia son aguijones que nunca dejan de clavarse, incluso en los corazones más lúgubres. Los dragones sucumbirían tan fácilmente cómo los demás, solo había que encontrar el combustible que los consumiera.

Vaevictus vendría a por él, estaba seguro. Tenía que encontrar la manera de mantenerlo ocupado.

En vez de volver a su reino, viajó a las montañas rocosas, buscando a los descendientes de Lividus Ravus y Rudra. ¡Qué terribles noticias tenía para ellos! Vaevictus se había revelado contra sus hermanos. Que desgracia. Lo más probable era que el gran dragón quisiera erradicar a sus descendientes para evitar que cualquier atisbo de venganza o que rebelión sobreviviera.

La facilidad con la que podía unirlos a su causa le fascinaba, y era una sensación placentera para él. Volver a su reino resultaría aburrido. En vez de eso viajó a un nuevo territorio, con más dragones, para insuflarles con sus deseos de guerra también. Encontró a Palladia Mors, que le recibió con recelo al principio, pero se vio gratamente complacida al descubrir lo vulnerable que era Vaevictus ahora.

Oh, cuan dulce era la venganza.

En los años venideros las historias serían contadas alrededor de la lumbre, o por refugiados buscando un lugar seguro, sin saber que nunca volverían a estarlo.

Dragones de un clan viajando a las montañas de otro clan. En las cumbres nevadas lucharon los dragones en batallas monstruosas, garra contra garra, fuego contra fuego. Carne chamuscada lloviendo del cielo. Huesos destrozados a los pies de los acantilados. Aquellos cuya hambre no podía ser saciada se abrían paso a través de los moribundos, alimentándose de la carne ensangrentada de los de su propia especie.

La codicia y la envidia crecen cuanto más se las alimenta. Mandíbulas abriéndose para tragar grandes pedazos, garras alcanzando presas a mayor distancia.

Los dragones comenzaron a atacar los asentamientos humanos, sus pastos y sus rebaños. Algunos solo deseaban devorarlos como si fueran mero ganado. Otros querían pastorearlos, listos para ser engullidos si el hambre se agudizaba. Unos pocos querían enseñar y guiar a los humanos, pero sus esfuerzos eran recibidos con recelo e ingratitud. Incluso el astuto Chromium Rhuell tuvo que esconderse haciéndose pasar por algo que no era, para no ser atacado por los humanos que él creía que le amaban, o devorado por los dragones que despreciaban su filantropía y su cháchara.

No se puede enjaular la codicia. No hay cadenas que confinen la envidia. Cuando crecen se alimentan del deseo y el odio, y los dragones nunca estaban satisfechos. Su hambre era insaciable.

 Dragon's Hoard ©2018 Wizards of the Coast LLC in the USA & other countries. Illustration by Adam Paquette

Algunos cruzaron el gran océano buscando nuevas tierras para alimentar su hambre de carne y de poder. Cuando esas tierras se llenaban demasiado, empezaban a luchar entre ellos con garras y dientes, con fuego y con hielo. Bajo los estándares de los dragones, hicieron crecer orgullosos ejércitos entre los humanos que les adoraban o les temían. Hechiceros que buscaban obtener un poder equivalente al de los dragones, a cambio de sus dones les ofrecían sus servicios, pues no había criatura más poderosa en la tierra que los dragones, desde el principio de los días hasta la eternidad infinita.

Incluso el sabio Arcades Sabboth, que se había posicionado siempre a favor del orden y la paz y el reinado justo, se lanzó a la gran guerra tras escuchar los murmullos llenos de sabiduría que se apoderaban de su mente.

«"El resto no respetará tu autonomía ni tus conocimientos. Vendrán a por ti si no vas tú a por ellos antes.

Incluso Arcades hizo marchar a sus huestes contra el resto de fortalezas gobernadas por los de su especie. Cuando los vencía, lanzaba sus huesos machacados al mar donde las aguas los convertirían en arenas finas que bañarían las costas a su alrededor.

Las guerras se recrudecían, mientras solamente un dragón mantenía la fe sobre aquellos a los que gobernaba. No había olvidado la promesa que le hizo a su gemelo: no debería haber una ley para su especie y otra para los hombres. Solo debería haber una ley.

"Solo habrá una ley."'

 

Tae Jin deja de hablar, y se queda mudo y sin fuerzas, cómo si hubiera olvidado que había estado diciendo o incluso quién era.

Atarka termina su festín y antes de marcharse exclama:

 

"Sólo hay una ley. Comer. Ha sido un gran festín, os permito quedaros con el forastero."

 

Cuando ya ha emprendido el vuelo, todos rodean a Tae Jin, que casi desfallece del dolor de cabeza. 

 

 "¿Que historia has contado, que era como la de Ugin pero sin duda distinta totalmente?"

"No lo sé, iba a contar la historia de los últimos días de Shu Yun como líder, pero un susurro invadió mi mente con esta historia. Quizá sea una historia que me contó mi madre de niño y había olvidado hasta ahora."

 

Yasova se queda preocupada, pues una vez un susurro parecido en su cabeza cambió la historia de Tarkir. La muerte de Ugin fue en parte por su culpa. Quizá estas visiones que han estado recibiendo no vienen de Ugin, pero si aún así fuera, parece más importante que nunca que lleguen a la tumba de Ugin rápidamente.

Tras enterrar a su compañero ainok, emprenden la marcha para llegar antes de que la tormenta que se está formando de nuevo les alcance. 

 

"¿Crees que se aproxima otra tormenta de dragones, abuela?"

"De hecho, creo que ya está aquí."

  

Así concluye la historia de hoy. ¿De dónde habrá venido la historia de Tae Jin? ¿Qué implicaciones tendrán todos estos eventos en lo que está por venir? ¿Encontrarán las respuestas que buscan en la tumba del Dragón Espíritu? ¡Cuantas incógnitas por resolver en los últimos 3 capítulos! Espero que os haya gustado y nos leemos por aquí en los comentarios y en las redes sociales, ¡hasta la próxima! 

 

Nacho Sandoval

@NasanMagic

Etiquetas: Lore, Nicol Bolas, Las Crónicas de Bolas, Magic Stories